Los días que pasan: en las madrugadas se escribe mejor; 300 enfermedades en el cerebro
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Los días que pasan: en las madrugadas se escribe mejor; 300 enfermedades en el cerebro
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Luis Velázquez
Veracruz, 30 de diciembre de 2016.-Viernes 23, a las 4 de la mañana.-A esta hora de la madrugada, la hora del deseo, me hago una masturbación mental:


Hay en Veracruz 600 mil analfabetas de 14 años de edad en adelante.
Y si la Yunicidad se pusiera como objetivo enseñar a leer y escribir a todos en los próximos dos años significaría alfabetizar a 25 mil cada mes.
Es decir, 833 por día.
Y de ser así, este tecleador jura y perjura ante el Dios superior de cada quien que votaría por Miguel Ángel Yunes Márquez para gobernador de Veracruz en el sexenio 2018/2024 y por Miguel Ángel Yunes Linares ya para candidato presidencial y/o miraría con admiración que fuera nombrado secretario de Gobernación por el próximo tlatoani de Los Pinos.
Y es que se trata de la más importante tarea pública a la altura, digamos, de la revolución educativa de José Vasconcelos, con todo y que el pintor Juan Soriano aseguraba que a Vasconcelos sólo interesaban tres cositas en la vida: la primera, las mujeres; la segunda, el billete, y la tercera, que todos lo admiraran.

Sábado 24, sin hora precisa

Muchos años después queda claro que la felicidad absoluta nunca ha existido. Hay, cierto, una felicidad relativa y que consiste en un montón de ratitos que se viven contentos y que luego se van guardando en la memoria para recordarlos en las horas adversas.
Así, y desde aquí la vida más padre que se ha vivido y seguirá disfrutándose es la siguiente:
Una, la vida con la familia, hoy como nunca. Dos, cada día la lectura de los periódicos. Tres, cada día la lectura de un libro. Cuatro, cada día, reportear y escribir, reportear y escribir, reportear y escribir. Y cinco, los amigos, unos cuantos. Y entre menos, mejor.
Más aún, cada día como si fuera el último. Y, por añadidura, con el acelerador metido hasta el fondo y con el tanque lleno.
De ahí para adelante, el vacío, el limbo, la nada.
Esta mañana, por ejemplo, adopté un gatito callejero. Y si los gatos, como dicen, tienen siete vidas, éste ha de tener unas quince.
Ya está viejo. Ha de tener una pata quebrada. Flaco porque ha de comer poco. Solo, sin una gata que le maulle. La mirada huidiza, como de quien duda de todo y de todos. La indiferencia del mundo y de los demás enseñoreada en la tonalidad de su mirada.
Me lo llevé a casa para hacernos compañía y lo bauticé con el nombre de Donald Trump, simple ocurrencia.

Domingo 25, mediodía

Gracias al periodismo, el tecleador perdió la confianza (si alguna vez la tuvo) en los políticos. También el respeto.
Por eso, igual que Himmler, el cazador humano de Hitler, se ama a un par de gorriones que viven en casa.
Ninguno de los dos pajaritos se conocía. Primero, llegó uno, todo el plumaje de color amarillo tenue, ligero, liviano, fino y delicado, y la cola blanca. Después, llegó el otro, con un arcoíris en su cuerpo, amarillo, café oscuro, café claro y blanco. La cola blanca.
Uno y otro se midieron como seres humanos a la contraofensiva. Se miraron. Se calibraron. Y en la sospecha mutua ninguno cantaba.
Muchos días pasaron para que comenzaran, digamos, a identificarse. Ahora, parecen hermanitos cada uno desde su jaula. A las 6 de la mañana ya están cantando. Y pasan el día en un concierto.
Y cuando se hace limpieza a la jaulita y están lejos, lejos unos cuantos metros, pían y mueven la cabecita buscándose entre sí, extrañándose, deseos de estar cerca, vecinos amorosos que se sienten y son.

Lunes 26, hacia la tarde

Día perdido. Amanezco y sigue con un dolor de espalda. Tengo desviadas tres vértebras de la columna. Y el dolor me tumba. Me hunde. Me dobla…desde hace unos 50 años. Más, quizá.
Unos amigos se han operado. Pero todos quedaron mal. Y entonces cada vez que el traumatólogo sugiere una intervención quirúrgica le cuento las historias.
El mal se acreciente por lo siguiente: el médico dice que una persona está expuesta a tres mil enfermedades registradas en el catálogo. Tan sólo en el cerebro se alojan unas 300 enfermedades, las más conocidas, y las peores, la depresión, el mal de Parkinson y el Alzheimer.
Mi padre padeció nueve años el Alzheimer. Pero murió de un síncope. Y así se vive con el miedo y el temor de que también se contraiga.
El médico dice que nueve de cada 10 personas de unos 60 años de edad para adelante que pasan enfrente están enfermes de la próstata.
Día malo, pues. Y más porque he cumplido con el reloj biológico. La juventud, dice el viejo del pueblo, es un tramo corto en la vida que dura apenas, apenitas, el instante de un relámpago en la tormenta. Pero la vejez es un tiempo muy largo, extenso y adverso porque las enfermedades acosan y en el momento imprevisto un accidente casero puede ser mortal.
Vivo en la octava década cuando las horas, los días y las noches se viven contados.
Día perdido. Y malo, hoy.

Martes 27, a las 10 horas

Es hoy el día internacional de los infieles.
Los infieles a Dios. Los infieles a sus ideas. Los infieles a sí mismo. Pero también, los infieles en la relación de pareja.
Una amiga decía a su esposo:
“Ninguna duda tengo de que me eres infiel. Tu “ojo alegre” te delata. Te agradezco que seas discreto”.
Y el amigo era, fue, es… el hombre más feliz del planeta. Y ella, claro, también.
Quizá ahí está la vigencia de los infieles. Pero además, ser infiel sin hacer daño a nadie ni a nada. En la más absoluta discreción.
Gabriel García Márquez lo describía de la siguiente manera: todos en la vida tenemos tres tipos de amores:
El amor público…que todo mundo conoce. La vida, digamos, en pareja. La esposa, los hijos, los nietos.
El amor privado…, la pareja que solo unos cuantos, los amigos reducidos, conocen.
Y el amor clandestino… que nadie, absolutamente nadie, conoce, más que ellos dos.
En el calendario de Galván nadie sabe el origen del día mundial de los infieles. Quizá fue María Magdalena, la primera trabajadora sexual del mundo. Quizá, Barrabás, el bueno. Acaso, san Martín de Porres, en nombre, digamos, de la paz universal.
Y es que “en el corazón no se manda” diría mi abuelo cuando a los 80 años de edad tenía una noviecita de 25 años, que sólo fue conocida muchos años después de muerto, pues el abue se llevó su gran secreto a la tumba.

Miércoles 28, a las 3 de la mañana

El tecleador ama las madrugadas. Es la mejor hora para escribir. Los dedos caminan como avestruces sobre la compu. La vida se mira mejor. En perspectiva y dimensión.
Y es que según el médico, las horas del sueño disipan los malos humores del día. Y las neuronas, el corazón, el estómago y las tripas se refrescan.
Por lo regular a esta hora empiezo a teclear. Cada texto me lleva una hora, aprox. Claro, en el transcurso de la tarde cuando suelen elegirse los temas la mente se abastece de información y luego, hacia el principio de la noche, se procesa. Incluso, antes de dormir hasta se redactan los lids y el cuerpo y el desenlace.
Y cuando hacia el amanecer se está frente al teclado (la noche todavía parda, el silencio de la madrugada, las calles solitarias, el teléfono sin sonar, el bebé vecino en una casa durmiendo, etcétera), los dedos empalman los párrafos, las frases, las oraciones, como el pianista frente al teclado.
Una hora por columna. A las 7 de la mañana, las 4 columnas de cada día suelen estar escritas.
Entonces, se les deja reposar. El resto de la mañana, otra cepillada. El mediodía otra más y luego de comer la última cepilladita, como el carpintero tallando la madera.
Así, en el afán de lo absoluto. En el periodismo cada día es un nuevo comienzo y se empieza de cero. El día anterior es simple referencia.

Jueves 29, 8 de la noche

A los 8 años de edad, mi padre me regaló una brújula y un elefante de madera, comprados en el mercadito del pueblo.
Nunca, entonces, entendí el significado. Quizá lo explicó. Pero niño, jamás entendí lo que deseaba decir.
Años después, mi madre me lo dijo:
La brújula… es para que nunca pierdas el camino, atrás de tu sueño. Y es que mi padre, igual que mi abuelo, me llenaron la cabeza de muchos sueños que, bueno, fui dejando en el camino.
Y el elefante era un mensaje polisémico:
Los colmillos… para irlos afilando en la vida con los años, las derrotas, los fracasos, las vivencias, las experiencias.
Las patas pesadas… para tener siempre los pies en la tierra sin escuchar el cántico de las sirenas.
La cola corta… para jamás cometer trastupijes ni dislates, y al mismo tiempo, para evitar rastros.
La mirada fría y calculadora… para ver la vida con frialdad.
La trompa larga… para medir la distancia siempre siempre siempre ante los demás.
El paso lento y pausado… para caminar despacio porque vamos de prisa y con firmeza.
Fue, es y ha sido el regalo más fascinante de todos.

 
 
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